A los 14 años, Rosalina de Cruz aprendió a elaborar flores de papel encerado. Décadas después, sus manos siguen produciendo estas creaciones que forman parte de la identidad del distrito de Quezaltepeque en La Libertad Norte. Hace 21 años abrió su propio taller artesanal.
«Aprendí primero a hacer semilla, después empecé a enrollar la hoja, pero después empecé a agarrar práctica», relató Rosalina.
El proceso de elaboración de las flores inicia con el papel previamente cortado. Luego, cada pétalo recibe su color característico en la etapa de pintura. Con ayuda de alambre, las piezas se ensamblan una por una. El centro de la flor se trabaja con mezcal y, finalmente, cada pieza pasa por el encerado, que le otorga resistencia y brillo particular.
Video/TCS/Reportaje elaborado por Sofía Shi.
El proceso de encerado también requiere precisión. «Cuando usted va a encerar, si mete la flor blanca en la parafina rosada, le sale rosada la flor, ya no le sale blanca. Entonces tiene que usted meterla en la parafina blanca para que salga blanca. El color que recibe la parafina blanca es amarillo, celeste, anaranjado y blanco, y la rosada entonces se ocupa para roja, morada y rosado; esos tres colores caben ahí», explicó Rosalina.
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Patrimonio de flores que perdura
Las flores enceradas constituyen una herencia transmitida de generación en generación. El Ministerio de Cultura las declaró «Bien Cultural» en 2020, y Quezaltepeque celebra en su honor el «Festival de las Flores de Papel Encerado».
Rosalina busca transmitir el oficio a las nuevas generaciones. «Que no se pierda esa tradición, que sigamos siempre adelante, porque es una cosa tan bonita y ayuda bastante para que la conozcan y sepan de dónde proviene la flor de papel. Por eso es bonito enseñarles a nuestros hijos este trabajo», destacó.
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