La escuela Santa Catalina, en el barrio de San Jacinto, es uno de los trágicos símbolos del terremoto del 10 de octubre de 1986. El colapso de la edificación cobró la vida de 41 niñas y de un niño. Cuatro décadas después, una de sus maestras recuerda como sobrevivió aquel día y las vidas que quedaron bajo los escombros.

La maestra de la escuela
Luz de María Reyes fue maestra de esa escuela durante 37 años. El viernes 10 de octubre, el terremoto la encontró junto a sus alumnas. Esto cambió para siempre su manera de entender la vida. Recuerda que aquella soleada mañana transcurría con normalidad. Las estudiantes se preparaban para los exámenes finales y, después del recreo, rezaron el rosario.
Pocos minutos después, a las 11:49 de la mañana, el edificio colapsó.“Yo pensé que una bomba había sido, pero como todo se movió, caí allí en el piso”, recuerda. Al bajar, encontró la escuela destruida y comenzó a buscar a las niñas atrapadas. “Alguien escucha mi voz y dice: ‘Tía, tía, tía, ayúdeme’. Y entonces levantamos el techo con mi compañera y sacamos varias niñas”, relata.

Los rostros que permanecen
Entre los escombros, Luz de María también encontró a algunas de sus alumnas que no pudieron sobrevivir. Cinco de ellas quedaron soterradas, según recuerda. “Solo logré distinguir a Rosa Flor de María, una alumna mía, que había llevado ese día un sombrerito”, cuenta.
La escuela quedó destruida y su futuro también estuvo en riesgo. Sin embargo, la directora de ese entonces, Sor Alicia Ruiz, comenzó a buscar apoyo para reconstruirla. En 1987 llegó la noticia que devolvió la esperanza a la comunidad educativa: Santa Catalina continuaría.
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Una memoria que no desaparece
Ahora, cuarenta años después del terremoto de 1986, asegura que aquella experiencia de ser sobreviviente le cambió la perspectiva. “Cambió la vida. Cambió la forma de ver la vida”, afirma. Y los recuerdos siguen apareciendo cada vez que vuelve a contar la historia. “Cuando estoy hablando vienen aquellos recuerdos y vienen las caritas de mis alumnas”. Para ella, el paso del tiempo no borra lo vivido. Solo cambia la manera de cargar con esa memoria.
Alicia, sobreviviente del terremoto de 1986
Alicia Herrera Rebollo tenía 20 años cuando llegó a trabajar al Ministerio de Planificación en mayo de 1986. Este edificio de gobierno estaba cerca de Casa Presidencial, en San Jacinto. Aquella mañana del 10 de octubre de 1986, recuerda bien cuando se despidió de su mamá antes de entrar al ministerio. “Cuando nos despedimos, ella me dijo: “Hija, que Dios te bendiga”. Me bajé del carro, vi el cielo con un esplendor diferente y yo me puse a ver, vi el cielo bien raro”, recuerda, 40 años después de la tragedia.

Aquel viernes, faltaban 10 minutos para las 12 del mediodía cuando el terremoto sacudió el edificio y lo convirtió en escombros. Alicia quedó atrapada, sin poder mover las piernas y con heridas en la cabeza y la espalda. “Yo quedé como en posición fetal, pero de lado. Y aquí en esta parte arriba de mí se sentía como que era hierro. Yo solo podía mover un poquito esta mano y este brazo. Los pies, las piernas no las podía mover”, explica.
40 horas bajo los escombros
Mientras permanecía atrapada, Alicia escuchó gritos, habló con otros sobrevivientes y encontró en la oración una forma de resistir. Algunos compañeros fueron rescatados después de varias horas, pero ella continuó bajo los escombros. Finalmente, después de varias detonaciones para liberar el lugar, los rescatistas lograron sacarla. “Me sacaron el domingo, fueron 40 horas y yo las he denominado 40 horas de amor”. Después del rescate permaneció cuatro meses hospitalizada y comenzó una larga recuperación.
Un reencuentro, 40 años después
Este año, Alicia volvió a encontrarse con Rolando Martínez, un veterano socorrista de Cruz Roja Salvadoreña que fue parte del equipo que participó en su rescate. Cuatro décadas después, ambos pudieron reconocerse y recordar aquel momento. “Es la primera vez que me encuentro con alguien que yo he rescatado y que está viva todavía y que me reconoce y me dice: ‘Usted estuvo ahí’”, señala Martínez, exrescatista y ahora capacitador de la entidad de servicio.

Para Alicia, volver a encontrarse con una de las muchas personas y profesionales que participó en su rescate también significó una oportunidad para agradecer. “Gracias por estar donde Dios quería que estuvieran en ese momento y ser parte de mi rescate”, le expresó a Martínez.
Luz de María Reyes y de Alicia Herrera Rebollo son sobrevivientes, sus historias ya son parte de una memoria colectiva, que hablan de dolor, sufrimiento y de pérdidas. Pero también de fortaleza y esperanza, porque la vida continuó después del terremoto de 1986.
Con información de Irvin Alvarado y Leslie Solito, periodistas de TCS Noticias
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